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 Historias de inflación en Argentina y sus causas

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yuppi

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Mensajes : 57
Fecha de inscripción : 16/04/2016
Edad : 43

MensajeTema: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 9:25 am



Los índices de inflación que se manejan en el país pueden no ser creíbles, pero
tampoco es creíble que algunos señalen que nos hallamos nuevamente en el medio
de un escenario parecido al de otras épocas de la historia económica argentina. En
primer lugar, la insistencia en el tema inflacionario, sin negar sus reales efectos
distorsivos sobre la economía y, en particular, sobre la distribución de los ingresos,
tiene un matiz ideológico. Un recordado periodista económico, Enrique Silberstein, que
no carecía del sentido del humor que hoy les falta a muchos de sus colegas de los
medios, decía en los años 70: “Nos pasamos la vida hablando contra la inflación, todo
gobierno (y todo ministro de Economía) lo primero que promete es combatir la inflación
(...) Y, si uno se fija bien, el ataque a la inflación va dirigido al incremento de los
costos, o sea al aumento de sueldos y salarios. Jamás se ha combatido la inflación
diciendo que se debe al crecimiento de las ganancias (...) nadie se ha preguntado si
las ganancias tenían sentido y si eran económicas”. 1 Así, por ejemplo, toda la
discusión sobre el tema de las retenciones giraba en torno de ganancias
extraordinarias y de la inflación importada que esas ganancias introducían en el país.
Otra cuestión esencial para comprender el problema, más allá de las
expectativas creadas también por sectores interesados que alientan la espiral
inflacionaria, es analizar la relación entre el fenómeno de la inflación y el crecimiento
económico. En este sentido la experiencia argentina permite hacer algunas
comparaciones elementales que ayudan a comprender mejor las vinculaciones entre
ambos factores, ahora y en el pasado reciente.

La inflación y sus causas

Se denomina inflación a un aumento del nivel general de precios. Usualmente
se calcula a partir de los incrementos porcentuales del costo de vida, es decir, cuánto
varía la suma de dinero que paga un consumidor por un conjunto representativo de los
bienes y servicios que adquiere habitualmente. Si el nivel general de precios baja en
lugar de aumentar, se trata de deflación, fenómeno que puede ser más indeseable que
la inflación, porque genera desocupación, quiebras y depresión económica. La
Argentina ha sufrido ambas a lo largo de su historia, especialmente procesos
inflacionarios.
Keynes sostenía que la moneda no tenía “[…] más importancia que por lo que
ella [permitía] adquirir. Así, una modificación de la unidad monetaria que se aplica
uniformemente y afecta a todas las transacciones de una misma manera no tiene
consecuencias”. Sin embargo, “la modificación del valor de la moneda, es decir, un
cambio del nivel de precios, importa a la sociedad en el momento en que su incidencia
se manifiesta de manera desigual”.2 O sea, alterando los precios relativos. En este
sentido, la inflación afecta más el reparto de las riquezas, mientras que la deflación la
producción de bienes.
Sin embargo el mismo Keynes no desconoce los efectos redistributivos de la
deflación (como tampoco los efectos negativos de la inflación sobre la producción),
como lo menciona en su Teoría General. Allí señala que una reducción de salarios
nominales y una caída de los precios implican una redistribución de ingresos hacia los
sectores más ricos de la sociedad (incluso la transferencia de empresarios a los
“rentistas”), lo que reduce la propensión a consumir de la comunidad en su conjunto y
trae efectos recesivos. Lo mismo, desde una vereda opuesta, Irving Fisher señala que
una deflación significa una transferencia de ingresos hacia los acreedores que,
justamente, por su entidad de tal, son los que menos consumen.3
No alcanza un traje de talla única para explicar a la inflación. No sólo porque
son numerosas las causas que la pueden disparar, sino también porque los procesos
inflacionarios no son neutrales; constituyen subas generales de precios pero provocan,
como dijimos, transferencias de recursos de unos sectores a otros. Indagar cómo
ocurren estas transferencias y cuáles son los grupos ganadores y perdedores, revela
mucho acerca de la naturaleza de la inflación –o de la deflación- en las distintas
etapas de la historia económica argentina.
Si la inflación es un problema que reconoce múltiples causas, recomendar un
remedio sin un análisis detallado es un acto de curanderismo, o esconde, en realidad
intereses concretos. No se puede negar, en todo caso que constituye un fenómeno
complejo y que existe en el país una arraigada cultura inflacionaria. Pero, sobre todo,
desde el punto de vista de la política económica, la inflación se convirtió en la Argentina
en el caballito de batalla de muchos presidentes y ministros de Economía para justificar
medidas de estabilización, ajuste o austeridad, como se las llamó en distintos momentos.


Última edición por yuppi el Vie Mayo 06, 2016 10:17 am, editado 1 vez
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MensajeTema: Re: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 9:27 am

Las explicaciones ortodoxas y heterodoxas

Un tipo de explicación del fenómeno inflacionario se refiere a la inflación de
demanda, que se presenta si la demanda agregada supera a la oferta agregada y
ocurre en momentos en que la economía está funcionando a plena capacidad y con
pleno empleo. Otra explicación conocida es la llamada inflación de costos, que se
produce cuando el costo de la mano de obra o de las materias primas se encarece y
para mantener su tasa de beneficio los productores incrementan los precios. También
pueden existir procesos inflacionarios con estancamiento productivo (la estanflación) o
con una tasa permanente de desempleo estructural.
Pero, para la economía ortodoxa, la inflación depende ante todo de una
emisión monetaria por sobre la tasa de crecimiento de la economía. Cualquiera sea la
razón inicial del aumento de los precios –se señala-, si el Banco Central pone más
dinero en manos del público, éste aumentará sus compras y convalidará la inflación.4
Los salarios, el gasto público y la expansión monetaria actúan como causas de la
inflación al generar demandas que presionan sobre el mercado y elevan los precios.
En los discursos y las acciones de economistas o funcionarios de la corriente
monetarista se parte de clásicas posturas para atacar la inflación: terminar con el déficit
fiscal, reduciendo el gasto público y aumentando los impuestos al consumo; no emitir
moneda, y congelar los salarios. El diagnóstico es evidente: el consumo de las masas,
vía aumento de salarios o mayor gasto público, crea presiones insostenibles en
los precios.
Una pregunta esencial cuando se analiza la inflación como un fenómeno de
mercado es si se trata de un exceso de demanda o de una insuficiencia de oferta.
Esto, que parece lo mismo, trae dos tipos de soluciones diametralmente opuestas. Si
hay demasiada demanda, lo adecuado es reducirla recortando gastos, constriñendo la
cantidad de moneda y bajando salarios. Pero si es un problema de falta de bienes y
servicios, esa política es absolutamente contraproducente, pues agrava la situación.
La única política pertinente es ampliar la producción de manera global o en sectores
específicos que generen los cuellos de botella.

Contemplando este tipo de problemas, en los años 60 surgió un nuevo concepto
de inflación planteado en la Argentina por el profesor Julio Olivera y seguido, entre
otros economistas destacados, por Aldo Ferrer. Este tipo de inflación, propio de países
como el nuestro –decía Olivera– no es de origen monetario sino estructural y obedece,
sobre todo, a rigideces y asimetrías de la economía, como el estrangulamiento en la
balanza de pagos. Una mirada estructural no identifica el problema fundamental de la
Argentina sólo con la inflación sino con un conjunto de otros problemas, como la
distribución del ingreso, los cuellos de botella en el sector externo y en las cadenas
productivas, la generación de tecnología propia o la acumulación de capital.
La inflación estructural es una característica particular de los países subdesarrollados
con problemas en el sector externo. Y si el diagnóstico ortodoxo era equivocado
las políticas propuestas también lo eran. Un ejemplo es el de la inflación de
origen externo, que aparece después de una devaluación (o de un aumento
excepcional de los precios de los bienes de exportación) y provoca un incremento de
los ingresos de los exportadores, en nuestro caso principalmente del sector
agropecuario, que trasladan los mayores precios que reciben en moneda argentina al
mercado interno, lo que puede ser controlado en parte por tipos de cambio
diferenciales o por derechos de exportación, como las llamadas retenciones.
Otra cuestión es la relación entre un aumento de los precios y el poder
monopólico que ciertas empresas tienen sobre sus mercados. Cuando se anuncia que
no se darán aumentos de salarios para evitar el desencadenamiento de un espiral
precios-salarios no se menciona la posibilidad de reducir las ganancias de las grandes
empresas formadoras de precios. Esto no lo dicen los economistas ortodoxos, que
advierten sobre los peligros de un aumento de salarios pero nunca cuestionan las
superganancias.
Repasar brevemente la historia de la inflación en la Argentina, diferenciando la
naturaleza histórica de su génesis en cada uno de los períodos relevantes de su
historia económica constituye un buen ejercicio para comprender mejor este
fenómeno.
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yuppi

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MensajeTema: Re: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 9:30 am



La inflación durante la etapa agroexportadora

La Argentina acumuló una larga experiencia inflacionaria, y también algunos
episodios de deflación. En la etapa del modelo agroexportador, entre 1880 y 1930, los
mercados externos determinaban en gran medida el nivel interno de precios, ya que la
escasa producción industrial no hacía posible sustituir las importaciones. Por lo tanto,
los aumentos de los precios internacionales se transmitían rápidamente al sistema de
precios domésticos. Entre los factores internos de la inflación se contaban las sequías
que magreaban el ganado y las cosechas, y las devaluaciones del peso. Éstas últimas
incrementaban los precios de los bienes importados, desde el carbón usado como
combustible hasta los bienes de consumo; y también de los exportables, como la
carne y el trigo, que integraban la dieta habitual de los habitantes del país.
Después de una fracasada experiencia de adopción del patrón oro, entre 1883
y 1885, los precios de los bienes de consumo comenzaron a aumentar, y mucho más
en 1887-90, debido a la constante depreciación del peso. Los llamados bancos
garantidos, impuestos en 1887 por el gobierno de Juárez Celman, emitían moneda
descontroladamente sobre la base de oro tomado en préstamo en el exterior; y la
especulación sobre tierras, acciones de compañías de ferrocarriles, obras públicas, y
otros activos llevaba los precios a las nubes. Esta fiebre culminaría con la crisis de
1890. En aquellos tiempos no se calculaba el índice de precios al consumidor pero se
estima que en 1889 éste habría aumentado más del 30%, y cerca del 50% en 1891,
cuando la devaluación alcanzó al 54%.5
“¡Los alquileres de sus casas y los precios de las ropas han ido subiendo sin
cesar! […] Vivir en esta ciudad (Buenos Aires) es ahora tan caro que la menor reducción
de los salarios pesa terriblemente en las clases humildes, pero los accionistas de
Londres tienen que recibir sus sabrosos dividendos, hechos sin duda más sabrosos”,
decía un diario británico de la época en un artículo que reproduce el historiador canadiense
H. S. Ferns.6
Roberto Cortés Conde sostiene la tesis monetarista al señalar que las
recurrentes crisis del modelo agroexportador fueron originadas por emisiones
monetarias y no por desequilibrios en el balance de pagos. Aplica el modelo de las
“expectativas racionales”, según la cual por el aumento del crédito y la oferta
monetaria el público compraba oro ante las perspectivas de devaluación de la
moneda, producto de la mayor oferta monetaria. Lo cual conducía al agotamiento de
las reservas y a la apreciación del peso.7
En la misma época, José Antonio Terry, que fue ministro de Hacienda entre
mediados de 1893 y de 1894, planteaba la cuestión de una manera diferente: el
desorden monetario, las crisis financieras y los procesos inflacionarios de entonces
estaban estrechamente relacionados al endeudamiento externo, Decía Terry
refiriéndose a la crisis de 1873-75, “Las causas de la crisis […] caracterizaron, en
parte, el período de expansión. El metálico importado al país por razón de la guerra del
Paraguay, el Empréstito de Obras Públicas […] produjeron plétora circulatoria […]
suba en todos los valores, especialmente en las tierras, mayor actividad comercial y
por último especulación.”8
John H. Williams, un economista norteamericano que estudió entre 1916 y
1918 el comportamiento del sector externo de la economía argentina en las dos
últimas décadas del siglo XIX, desarrolla esta idea más acabadamente en una tesis
universitaria presentada en la Universidad de Harvard en 1920.
9
Casi de inmediato, estos argumentos son retomados por un joven Raúl
Prebisch, en varios artículos donde criticaba las concepciones monetaristas ortodoxas
del reputado catedrático Norberto Piñeiro. Scalabrini Ortiz resaltará más tarde los
estragos que en ese mismo sentido causa un episodio anterior: el primer crédito
importante concedido al país (más exactamente a la provincia de Buenos Aires); el
empréstito Baring de 1824.10
Los fenómenos inflacionarios que acompañaron la crisis de 1890 volvieron a
repetirse durante la Primera Guerra Mundial. Pero es necesario remarcar en este
período la escasez que acarreó la caída del comercio externo y el contagio de la
inflación internacional de aquellos años. Basta decir que entre 1913 y 1918 los precios
mayoristas crecieron 300% en Italia; 240% en Francia; 130% en Gran Bretaña y 90%
en Estados Unidos.11 En 1918, cuando finalizó la guerra, la inflación argentina fue del
26%, cifra inédita para la época, pero concordante con la del escenario externo.12
Luego, los precios descendieron y entre 1921 y 1929 se redujeron en un 30%,
aunque quedaron muy por encima de los vigentes antes de la guerra.13 Se produjo
una revalorización del peso y la vuelta al funcionamiento, por muy corto tiempo, de la
Caja de Conversión. Pero esta experiencia fracasó rápidamente. Ya en aquella época
un tipo de cambio fijo y convertible, atado a un patrón monetario internacional, era
ilusorio, como lo demostró el crac de la bolsa de Nueva York, en octubre de 1929: allí
dio comienzo a una profunda depresión que iba a durar más de una década.

En síntesis, tanto la inflación previa a 1920 como la estabilización y baja
absoluta de precios posterior se debieron a razones exógenas, ligadas a la evolución
de los precios internacionales y a los niveles de endeudamiento externo. Por entonces,
la Argentina tenía una economía abierta, plenamente integrada al mundo, y todos los
procesos y movimientos que se producían en el mercado internacional terminaban
reflejándose en forma inmediata y automática en la economía nacional.
Pero una vez estallada la gran crisis internacional, en los años 30, la economía
fue cerrándose gradualmente, en el marco de una economía mundial en paulatino
deterioro. Los precios de los productos de exportación cayeron aún más y se produjo
un fenómeno de deflación, con su secuela de quiebras y desocupación. En sólo dos
años, 1931 y 1932, el nivel de precios descendió un 23%, y en 1934 otro 11%.14
Recién en 1935 las políticas introducidas a través de los flamantes organismos
reguladores de granos y carnes y del Banco Central, lograron frenar la deflación.
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MensajeTema: Re: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 9:46 am

Los ciclos y la inflación: de la segunda posguerra hasta los años 70

Con la depresión y luego la guerra todos los países se replegaron sobre sí
mismos. Desde este momento, si bien los factores externos continuaron influyendo
sobre el comportamiento de la economía doméstica, ya eran insuficientes para explicar
la inflación. Aunque se conservaban algunos rasgos de la época agroexportadora, las
condiciones estructurales habían cambiado y también la configuración social. A partir
de la década de 1940 se intensificó la industrialización y también se definieron
cambios explícitos en la distribución de los ingresos.
Las políticas salariales activas y las inversiones estatales aumentaron la
demanda pública y privada. Pero la producción se mostraba incapaz de acompañar
este incremento, especialmente en aquellos rubros que respondían a las mejoras en la
distribución del ingreso. La economía se topaba con la rigidez de la oferta. En ese
largo tramo de casi treinta años los factores externos resultan ya insuficientes para
explicar el fenómeno inflacionario. Si bien la economía conservaba un importante
sector agroexportador, se había vuelto menos abierta al mundo. El empuje inicial de la
inflación estaba dado ahora por una conjunción de elementos internos y externos.
Por un lado, con el peronismo la existencia de políticas activas en la cuestión
salarial y el nuevo rol de los sindicatos, así como la acción estatal en materia de
inversiones, locales o extranjeras, determinaron un aumento de los consumos públicos
y privados y una puja por la distribución de los ingresos. El conflicto social se potenció
luego de la caída de Perón, así como también la inestabilidad política.
Por otro lado, en las etapas de auge de la industrialización se incrementaban
las importaciones para comprar bienes de capital e insumos básicos, y se reducían las
exportaciones de productos del agro –cuya oferta era inelástica-, debido a la mayor
demanda interna originada en la suba del salario real y del poder adquisitivo. Todo
esto llevaba a una devaluación, que provocaba un aumento del precio de productos
exportables e insumos importados, dando comienzo a una espiral inflacionaria.
Se iniciaron entonces los conocidos ciclos stop & go, consistentes en
despegues parciales que al cabo de algunos años perdían dinamismo no sólo a causa
de la rigidez de la oferta, sino también por el estrangulamiento de divisas y la creciente
brecha fiscal. Las devaluaciones asociadas a las crisis de balance de pagos
alimentaban la inflación, y los desequilibrios externos daban lugar a la aplicación
reiterada de planes de ajuste.15
Básicamente, los planes se iniciaban con un reacomodamiento de precios
relativos lanzado desde el Estado a través de devaluaciones cambiarias, aumento de
tarifas públicas e impuestos, que acentuaban la inflación y producían una caída del
salario real. Luego el gobierno de turno anunciaba el programa de ajuste y trataba de
congelar las nuevas relaciones de precios e ingresos, prometiendo que esta vez el
sacrificio de la población llevaría al saneamiento y despegue definitivo de la economía.
Tras una recesión en la que la atonía de la demanda y el tipo de cambio alto
disminuían las importaciones y la inflación más o menos se estabilizaba, comenzaba la
reactivación. La capacidad de mantener la expansión duraba tanto como la
conservación de saldos comerciales positivos y la obtención de préstamos en divisas -
que aumentaban la deuda externa- y de inversiones directas, cuyo pago de intereses,
amortizaciones y dividendos exigía aun más divisas.
Pero el tipo de cambio se atrasaba, las importaciones se aceleraban, y
comenzaba la salida de capitales para evitar que la devaluación subsiguiente recortara
las ganancias en dólares. Ya entonces se esbozaba la próxima crisis de pagos. Los
industriales practicaban aumentos preventivos de precios y retención de mercaderías;
el Banco Central aumentaba las tasas de interés para tratar de evitar la fuga de
capitales y el clima se tornaba caótico e inflacionario, hasta que la inevitable
devaluación o seguidilla de devaluaciones indicaba el fin del ciclo. La inflación se
aceleraba nuevamente, esta vez ya no digitada desde el gobierno, como en la etapa
previa al lanzamiento del plan, sino desordenada e impulsada por los mercados. Al
cabo de un tiempo el gobierno de turno anunciaba nuevos ajustes para “remediar los
desbordes previos”.


Estos ciclos se repitieron en las décadas del 50 y del 60, pero excepto el primer
período de crisis, entre 1949 y 1952, todos los demás fueron simultáneos a acuerdos
con el FMI, y siguieron las políticas acordadas con este organismo. La experiencia
argentina demostraba que los efectos negativos de la devaluación sobre los niveles de
absorción interna podían ser mayores que el impulso que ésta brindaba a ciertos
ectores productivos a través del reacomodamiento de los precios relativos. Este
proceso, en conjunción a una oferta relativamente inelástica del sector agropecuario,
generaban una espiral inflacionaria de carácter eminentemente estructural.
Entre 1945 y 1971 la tasa de inflación de la Argentina promedió el 25% anual.
Con un pico menor de 3,8% en 1954, durante el peronismo, y uno mayor, excepcional,
del 113% en 1959. Luego, entre 1971 y 1973, el promedio se elevó al 60%, debido,
entre otras cosas, a la incidencia de la suba internacional del precio de la carne, un
producto clave de exportación.
16 Con todo, entre 1964 y 1974 se registraron 10 años
de crecimiento continuo del PBI, con tasas que llegaron a alcanzar picos de entre el 8
y el 10%. Inflación sin crecimiento (o con caída del PBI) sólo hubo en 6 de los treinta
años que mencionamos.



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MensajeTema: Re: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 9:48 am

Algunas consecuencias de la política antiinflacionaria: los planes de
ajuste

Los economistas ortodoxos y sus sucesores de los años ’90, los neoliberales,
han puesto la estabilidad como un pilar de la política económica. Admitimos ya que la
inflación es dañina, pero también es imprescindible aclarar sus causas concretas en
contextos específicos, debido a dos motivos. El primero es insertar la lucha contra la
inflación en el lugar que le corresponde dentro de los objetivos de política económica:
crecimiento económico, distribución del ingreso, inversión productiva, pleno empleo,
eliminación de la pobreza, etcétera.
El segundo motivo tiene que ver con recetas adecuadas que hagan recaer las
restricciones sobre quienes generan la inflación o se benefician con ella. Por lo
general, el paliativo para el fenómeno inflacionario fue, en cambio, un recorte
deliberado de la demanda agregada, es decir, una reducción de salarios y del gasto
público, contracción monetaria y todo aquello que permitiera equilibrar la oferta de
bienes y servicios en relación a una demanda supuestamente incrementada en forma
artificial. Todavía se recuerda el discurso del ministro Álvaro Alsogaray en 1959, en
ocasión de un nuevo plan antiinflacionario: “Estamos viviendo de los préstamos
extranjeros. Las medidas en curso, la contracción drástica de los gastos del gobierno y
los grandes recursos del país permiten, si logramos un compás de espera […] que
podamos lanzar una nueva fórmula: hay que pasar el invierno”.
17 Así, en el diagnóstico
ortodoxo, la solución provenía principalmente del ajuste.
En un artículo publicado en el número 29 de la revista de la Unión Industrial
(“La inflación argentina y su trasfondo social y político”) Carlos A. Coll Benegas, que
también fue ministro durante pocos meses en 1962, subrayaba que las verdaderas
causas de la inflación argentina no eran los términos del intercambio o el déficit de la
balanza de pagos ni del presupuesto. La inflación argentina tenía su origen en el
“tremendo egoísmo que caracteriza a sus grupos sociales” y se desencadena “a
través de la política salarial peronista”. Ese aumento –continuaba Coll Benegas-
“significó que el sector obrero obtuvo una mayor participación en la renta nacional a
costa de otros sectores”. En consecuencia, “los perjudicados –clase media y
agricultores- trataron de recuperar su posición. Así se establece una puja que ahora se
ha agravado”. Nuestra inflación –sostenía- no es otra cosa que la expresión externa de
ese fenómeno social. “El aumento de los salarios aumenta los costos, luego los
precios y entonces se hace necesaria mayor cantidad de dinero para financiar ese
aumento”. El incremento del costo de vida, es consecuencia de la suba de los salarios
y no a la inversa “El mayor poder adquisitivo de los obreros provoca el alza [de
precios]” y no se puede corregir el efecto sin extirpar la causa. En definitiva la solución
para frenar la inflación es “inevitablemente un descenso en los salarios reales [que]
tendrá que producirse a través de un reajuste del tipo de cambio”. Coll Benegas daba
también su definición del perfil de país: industria y agricultura son recíprocamente
necesarias y convenientes. “Pero la base de nuestro desarrollo debe fincarse en la
producción agropecuaria”, porque es la que mejor compite en el mundo.18
Por esa época, Raúl Prebisch, que en 1955 había criticado las políticas
peronistas, ahora cuestionaba desde la perspectiva de la CEPAL esas visiones
ortodoxas, llamando la atención sobre su carácter fundamentalista y casi religioso “En
los adeptos a este tipo de política antiinflacionaria, tanto desde quienes la sugieren
desde afuera como en los que la siguen dentro de esta dura y azarosa realidad
latinoamericana, se reconoce a veces la noción recóndita de la redención del pecado
por el sacrificio. Hay que expiar por la contracción económica del mal de la inflación,
solo que a menudo el castigo ortodoxo no recae sobre quienes la desencadenaron o
medraron con ella, sino sobre las masas populares latinoamericanas que venían
sufriendo sus consecuencias”. 19
La inflación en los países periféricos durante los procesos de industrialización
tenía una explicación distinta que la que atribuía a los aumentos salariales su causa
principal, aunque esos incrementos pudieran generar pujas redistributivas que nunca
terminaban favoreciendo a los asalariados. El problema residía más bien en el sector
externo. Existía una acuciante escasez de divisas, porque se producía y exportaba
sobre todo materias primas, con precios muy variables en el corto plazo y
determinados en los mercados internacionales. Pero se importaban bienes industriales
de capital e insumos de precios más estables. Así, mientras que los valores de las
exportaciones subían y bajaban periódicamente, aumentando o disminuyendo los
ingresos de divisas, no ocurría lo mismo con las importaciones. Esto tornaba muy
fluctuantes los saldos del comercio exterior y restringía, por lo tanto, la disponibilidad
de divisas genuinas no provenientes del ingreso de capitales por préstamos o
inversiones directas o especulativas. Estaba directamente relacionado con la inflación
cambiaria, que surgía cuando la devaluación se trasladaba a los precios. A su vez,
raramente los países periféricos desarrollaban tecnologías de punta; la innovación
productiva dependía del licenciamiento, compra o algún otro tipo de recepción de
tecnología del mundo desarrollado, lo que requiere aún más divisas.
Por todo esto, cuando un país periférico emprendía un proceso de crecimiento
sus requerimientos de divisas para importar aumentaban fuertemente, mientras que
sus exportaciones, sujetas a una oferta poco flexible, no lo hacían del mismo modo. A
poco que una economía periférica quería despegar aparecía la escasez de divisas. A
menos que los gobiernos tomasen medidas para orientar selectivamente las
importaciones a favor de las más necesarias para el crecimiento, este proceso tarde o
temprano desembocaba en una crisis de pagos internacionales. Para recuperar el
equilibrio externo, especialmente si el tipo de cambio se mantenía atrasado, había que
devaluar la moneda doméstica, lo que daba paso a una inflación de origen cambiario.
En países como la Argentina, donde buena parte de los bienes exportables son al
mismo tiempo productos de consumo básico, la inflación posterior a la devaluación
cambiaria también se producía porque los exportadores aumentaban sus precios de
venta en el mercado interno en la misma proporción en que se incrementaban sus
ingresos en divisas medidos en la moneda local.
20
Pero éste no es el único rasgo de una inflación estructural. Cuando la
economía de un país empezaba a crecer, también aumentaba la demanda de bienes y
servicios para consumo e inversión. Los sectores beneficiados no podían en el corto
plazo satisfacer la demanda aumentando las cantidades que producían y vendían si no
elevaban sus precios y hasta que nuevas inversiones se concretasen y madurasen la
inflación se hacía sentir.
En consecuencia, aplicar políticas antiinflacionarias contractivas, basadas en
argumentos de tinte monetarista, no lograba más que exacerbar el proceso
inflacionario: no se corregían los problemas de la oferta, sino sólo frenaba el
crecimiento. Olivera, en referencia a la rigidez en la oferta del sector agropecuario,
afirmaba que “aún cuando las posibilidades de los métodos usuales de estabilización
se aprovechen al máximo, en la plenitud de sus variados recursos, no podrá
conseguirse, sin embargo, una estabilización completa y durable si no se logra
acelerar el progreso tecnológico en la explotación del suelo”.21 En definitiva, la política
contractiva no hacía más que acentuar las presiones inflacionarias. En un escenario
recesivo, la adaptación de los precios relativos al nuevo equilibrio presentaba una
fuerte resistencia, en tanto y en cuanto la contracción implicaba no sólo una caída
relativa sino también absoluta de los ingresos reales de los grupos afectados, siendo
la puja distributiva un factor que empeoraba la situación. Por ello, no podía concebirse
una política antiinflacionaria autónoma sino como una parte integrante de una política
de desarrollo y transformación del perfil de la producción y la estructura económica y
social.
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MensajeTema: Re: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 9:52 am

La etapa de alta inflación y las dos hiperinflaciones



Desde 1975 comenzó en la Argentina la etapa de alta inflación, a partir del
“rodrigazo”, plan extremo de ajuste externo y fiscal que a pesar de las alzas brutales
de precios (en un solo mes, junio, la nafta subió 181% y la carne 36%) no logró la
redistribución regresiva del ingreso que procuraba debido a la resistencia de los
sindicatos. La dictadura militar que tomó el poder en 1976 redujo el salario real a la
mitad, pero la inflación de tres dígitos persistió, alimentada, junto a otros factores, por
la especulación financiera. Los mercados de oferta se volvieron más rígidos y
concentrados, mientras que el cierre de industrias primarizó aún más el aparato
productivo.
Con la irrupción del ideario neoliberal y la consolidación del enfoque
monetarista dentro de la teoría económica, los argumentos que se esgrimían en torno
a los orígenes de la inflación fueron variando y, en consecuencia, también lo hacían
las políticas económicas aplicadas para remediar el virus inflacionario. Como apunta
Ferrer, el dogma neoliberal, que aquí en la Argentina había asomado con Krieger
Vasena y luego se concretaría con Martínez de Hoz, consideraba que la inflación tenía
sus fundamentos en problemas de costos de producción y de expectativas, y que
estos no podían solucionarse sólo a través de una política monetaria contractiva, sino
que requería de un conjunto de medidas orientadas a la mejora de la competencia, el
aumento de la eficiencia, la mejora del abastecimiento interno, la modificación de los
patrones de demanda de consumo y, por último, acuerdos con sectores empresarios
para frenar la inercia inflacionaria.23 El objetivo de estas políticas era atacar a la
inflación mediante el ajuste de las necesidades de la demanda efectiva, la eficiencia
en la escala de producción y la reducción de costos.
Bajo la dictadura militar, se apeló a una fuerte disminución del gasto público y a
una drástica caída en uno de los precios, los salarios, logrando bajar
momentáneamente la inflación, pero a niveles anuales no menores del 150% en
promedio. Aún así, la política de Martínez de Hoz implicaba un grado importante de
inflación reprimida. Las dos variables claves en este sentido eran los salarios y el tipo
de cambio: el Estado había fijado un nivel salarial artificialmente bajo y un tipo de
cambio que otorgaba al peso argentino un valor por encima de la paridad.
El crecimiento exponencial de la deuda en divisas que generó la dictadura
militar añadió una presión extraordinaria sobre la restricción externa al crecimiento, y
junto a los factores enunciados en el párrafo anterior, sería el desencadenante del
estallido de la política económica. La recesión se extendió a toda la década de 1980 y
la inflación se agudizó hasta transformarse en hiperinflación (se considera como tal
aumentos del nivel general de precios muy elevados y sin ninguna relación con las
necesidades de la economía real).
Es necesario distinguir entre las dos hiperinflaciones, porque sus orígenes y
derivaciones son bien diferentes. La primera ocurrió en 1989; en este año los precios
al consumidor aumentaron 3.079% (comparando el índice de precios al consumidor de
1989 con el del año anterior), especialmente en el segundo trimestre los incrementos
se exacerbaron (mayo 78,5%, junio 115%, julio 197%). Esta inflación siguió a la
ruptura abrupta del último plan de ajuste del gobierno de Alfonsín, el plan Primavera.

El traspaso del poder se concretaba en el marco de un recrudecimiento
hiperinflacionario. Los precios subieron en el mes de julio un 197%, los salarios entre
110% y 160% y las tarifas de gas, electricidad y teléfonos (que habían quedado
rezagadas frente a los otros precios) un 700%. Medio salario obrero se debía destinar
al pago de servicios. Aunque en agosto la inflación descendió, la transferencia de
recursos se había concretado: la participación de los asalariados en el ingreso cayó al
20% (del 43% en 1974 y el 27% en 1988). Las consecuencias de la hiperinflación
fueron graves: la monetización de la economía cayó a valores ínfimos (el 3,7% del PBI
en el primer trimestre de 1989 y el 1,7% en el segundo), la deuda pública interna
creció en forma exponencial (a una tasa del 60% mensual promedio entre febrero y
junio) y los ingresos de la Tesorería General de la Nación se redujeron violentamente
en términos reales.
Algunos autores atribuyen esta hiperinflación al resultado de un golpe de
mercado preparado con la ayuda de la oposición, incluyendo una rebelión fiscal, con el
fin de modificar el cauce político, como efectivamente ocurrió. Lo cierto es que pocos
meses antes de la híper, en diciembre de 1988, un grupo de militares se alzó contra el
gobierno constitucional; y en enero de 1989 civiles armados atacaron el cuartel de La
Tablada, alegando que una nuevo golpe militar estaba en ciernes. Todos estos
hechos, más la profunda y larga recesión, contribuían al malestar de la población y a
enrarecer el clima político que precedió a esta hiperinflación. También es cierto que las
reservas internacionales del Banco Central estaban exangües y que el gobierno
carecía de los recursos para enfrentar los abultados vencimientos de la deuda pública
que se avistaban en el horizonte cercano. Como se observa, las causas de la
hiperinflación fueron múltiples y generaron gran controversia en la literatura
económica, de la que puede concluirse que resulta simplista atribuirla a un solo factor.
Antes bien, se trató de una confluencia de elementos, que, en conjunto, dieron lugar a
una incontrolable corrida de los precios.
La segunda hiperinflación tuvo lugar entre enero y marzo de 1990, año en que
la inflación alcanzó al 2.314%. Ella comenzó con una corrida cambiaria en diciembre
de 1989, luego de que un diario financiero revelara que el gobierno lanzaría un plan de
dolarización. En enero, los depósitos bancarios fueron congelados y transformados en
bonos externos (plan Bonex). La hiperinflación licuó la deuda cuasifiscal en pesos, y
así “limpió el terreno” sobre el que un año más tarde el gobierno lanzó el plan de
convertibilidad. En verdad, toda América latina padeció el flagelo de la hiperinflación.

La hiperinflación es comparable a la guerra, porque predispone a la población a
aceptar medidas que antes hubiera rechazado, con tal de poner fin a la traumática
experiencia. Este efecto operó sobre la sociedad argentina, que en 1991 reinició un
ciclo similar a los de la etapa agroexportadora, en el que los auges y las depresiones
volvieron a enlazarse con los movimientos internacionales de capitales.

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MensajeTema: Re: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 10:06 am



La convertibilidad y su crisis. El cambio de modelo

El tipo de cambio fijo, como consecuencia de la Ley de Convertibilidad, en
1991, contuvo la inflación, pero causó otros desequilibrios, como la sobrevaluación del
peso, la desindustrialización y destrucción del aparato productivo y una triplicación de
la deuda externa. Desde el punto de vista social produjo, con la crisis de 2001, los
mayores índices de desocupación, pobreza e indigencia de la historia argentina, junto
a una inédita redistribución regresiva de los ingresos y una apropiación de los ahorros
bancarios de vastos sectores de la población. Esa estabilidad buscaba, apañada por
los organismos financieros internacionales, la compra barata de los activos públicos,
asegurar la rentabilidad en divisas de empresas locales, transnacionales y
especuladores y posibilitar la fuga de capitales, garantizando la estabilidad del peso
para la entrada y salida de capitales, su principal objetivo. Por otra parte, a partir de
1999 se acentuó un proceso deflacionario, que se prolongó hasta 2001 inclusive,
mientras el producto bruto se contraía sin pausa.



El resultado fue la proclamación de default de la deuda externa y una severa
devaluación en el primer semestre de 2002 que triplicó el tipo de cambio y se trasladó
gradualmente a los precios al consumidor, cuyo índice aumentó un 25.6%. Además,
tuvo un carácter asimétrico porque perjudicó a determinados sectores y benefició
claramente a otros. El desempleo afectó casi a la cuarta parte de la fuerza de trabajo,
y por ese motivo la demanda declinó abruptamente. Sin embargo, en 2003 y 2004 los
índices de precios disminuyeron (13,4% y 4,4%, respectivamente) como resultado de
la recuperación económica basada en una producción que aprovechaba la capacidad
instalada excedente, el bajo nivel salarial y la existencia de una fuerte masa de
desocupados, aunque el gobierno diera por decreto algunos aumentos de salarios
para los sectores más castigados.
En 2005 el índice de precios minoristas creció un 9.6%, por la combinación de
la suba de los precios internacionales de las materias primas, el traslado a los precios
de los aumentos salariales, y la recomposición de los márgenes de ganancia de las
empresas, especialmente en los sectores más concentrados, toda vez que el producto
bruto aumentó desde el 2003 a tasas del 8 al 9% anual y continuó al mismo ritmo
hasta el 2007, aunque los índices de inflación comenzaron a ser cuestionados.
Surgieron estimaciones extraoficiales tanto o más vidriosas que las mediciones
gubernamentales, porque no revelan su metodología y se limitan por lo general a
calcular el costo de la canasta básica, que contiene aproximadamente la tercera parte
de los bienes y servicios del índice del costo de vida, y no alcanza para medir la
evolución del nivel general de precios.
Sin duda, las tendencias del sistema capitalista mundial a la concentración y
centralización del capital agravan factores estructurales de la economía argentina. El
tipo de competencia oligopólica al interior de los mercados de bienes y servicios afecta
la tasa de inflación, especialmente en épocas de demanda creciente. Cuando las
ventas están en manos de muy pocas empresas –monopolios u oligopolios- éstas
tienden a mantener los precios elevados y las cantidades limitadas. Como señala Joan
Robinson: “si las empresas tienen una política de competencia y si ellas disminuyen
sus precios de manera de vender más, las tasas de salarios reales y la utilización de
las capacidades existentes estarán a un nivel más alto que si esas empresas siguen
con sus políticas monopolistas y procuran mantener, o incluso aumentar, sus
márgenes brutos”.
24
Por eso, actualmente el objetivo de las leyes y organismos de defensa de la
competencia es evitar la concentración excesiva de la oferta y las prácticas de
colusión por parte de las firmas capaces de imponer sus condiciones en los mercados.
Aunque las leyes antimonopólicas en la Argentina datan de comienzos del siglo XX -en
1923 se sancionó la primera-, los mercados de oferta están muy oligopolizados: en
2008 entre una y tres empresas concentran la mayor parte de la producción y venta de
bienes de consumo masivo.



Esta morfología juega a favor de la inflación, porque las firman aprovechan los
incrementos de la demanda para aumentar sus precios y sus márgenes de ganancia, a
expensas del bienestar del resto de la sociedad.
Los ciclos de crecimiento vienen de todos modos acompañados de procesos
inflacionarios con reacomodamiento de precios relativos. No obstante, la inflación tiene
que ser entendida en el marco de la problemática argentina particularmente sensible al
tema: sus consecuencias negativas han castigado principalmente a los sectores
populares y medios, con una disminución del consumo y de los salarios reales,
procesos agravados en las hiperinflaciones de los años ’80 y principios de los ’90.
Pero estos mismos sectores, y sobre todo los vinculados al aparato productivo,
sufrieron aún más con las políticas deflacionarias. Desde esta perspectiva, la
presencia de una tasa de inflación moderada es un dato que hay que tener en cuenta
pero que no debe desviar la atención del objetivo principal: un crecimiento sostenido,
sobre la base de la reconstitución del tejido productivo y de una mayor equidad social.
En 2009 la crisis internacional enfrió la actividad económica, y también los
precios y en el 2010 el pronóstico de inflación oficial contenido en el presupuesto
nacional prevé un 6,1% para todo el año mientras los privados muestran cifras mucho
mayores, de dos dígitos, con una gran dispersión. Pero en relación con el pasado la
inflación se mantiene en niveles muy moderados. Especialmente habida cuenta de que
la rigidez de oferta todavía persiste luego de tres décadas de desindustrialización, y
que los mercados se volvieron más concentrados en Argentina y en el mundo.
También se mantiene la restricción externa, como lo muestra el rápido crecimiento de
las importaciones desde 2003, traccionadas por la expansión del producto bruto, a
pesar de la instauración de mecanismos como las licencias no automáticas y otros
para tratar de cuidar ese recurso escaso que son las divisas. No puede soslayarse que
la deuda externa, a pesar de un canje exitoso, todavía es elevada y sus servicios son
demandantes de moneda internacional, como también lo es la remuneración del
capital externo radicado en el país. Pero no se advierte desmesura monetaria o fiscal
que encienda luces amarillas, ni tampoco aquel atraso cambiario que incuba las
peores pesadillas de desempleo, recesión y deuda, como en el 2001. Hubo, en
cambio, un largo período de superávit fiscal y externo y gracias a la coyuntura
favorable de los precios internacionales, las reservas en divisas alcanzaron los niveles
más altos en la historia argentina. Las retenciones, por su parte, impidieron un
aumento sensible de los precios internos.
Como corolario puede afirmarse que con un tipo de cambio fijo y sobrevaluado
tuvimos deflación y desocupación mientras que, con la recuperación posterior,
asistimos a un proceso de crecimiento sostenido y a una inflación todavía moderada
para las pautas argentinas. Recordemos que dos de los picos máximos de crecimiento
del PBI en los últimos cincuenta años fueron en 1964 y 1965 con el 10,3 y el 9,1 por
ciento, respectivamente, acompañados por índices de inflación del 22,2 y el 28,6 por
ciento, en cada uno de esos años.
25
Los economistas ortodoxos han puesto a la estabilidad de precios como un
pilar de la política económica. Sabemos que la inflación es dañina, pero los efectos
son distintos si la economía combina precios que crecen moderadamente con un
aparato productivo funcionando a pleno y una baja tasa de desempleo, que si los
precios no crecen o descienden, las industrias quiebran, el desempleo es del 20% y
casi el 50% de la población está por debajo de la línea de pobreza, como en el 2001-
2002. Por otra parte, la historia nos enseña que los programas de estabilización han
terminado, generalmente, en grandes recesiones, y el último ejemplo palpable fue la
convertibilidad y el “uno a uno”, basados en un endeudamiento externo explosivo que
provocó la crisis más profunda de la historia argentina. Como apuntara Keynes, debe
recordarse que “mientras que la inflación, aligerando la carga de la deuda pública y
estimulando a las empresas, ofrece una ventaja que puede ser puesta de un lado de la
balanza, la deflación no aporta ninguna compensación”.26
De todos modos, para vencer estructuralmente a la inflación es necesario
desarrollar sectores productivos con elevado valor agregado, incentivar la innovación
tecnológica, la inversión pública y privada, y robustecer el mercado doméstico a través
de la plena ocupación en empleos formales, y de la creación de puestos de trabajo de
alta productividad. Por último, terminar de desmontar los mecanismos que favorecen la
especulación financiera frente a la producción. Falta todavía completar muchas de
estas tareas, pero el camino está trazado. Es de esperar que nunca más retornen los
ajustes inmoladores del presente en pos de un futuro que jamás llegará a la otra orilla.
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MensajeTema: Re: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 10:10 am

CRECIMIENTO O INFLACIÓN: ¿UN FALSO DILEMA? 1945-2007

Una cuestión esencial, que está hoy día en la boca de muchos, es analizar la
relación entre el fenómeno de la inflación y el crecimiento económico. En este sentido
la historia económica argentina permite hacer algunas comparaciones elementales
que ayudan a comprender mejor las vinculaciones entre ambos factores, ahora y en el
pasado reciente.
Dejemos de lado el hecho bien conocido de las hiperinflaciones, todas las
cuales se produjeron desde 1976 (444%), en forma paralela con los esquemas de
financiarización de la economía, desindustrialización y endeudamiento externo que
rigieron entonces. Se padecen, en especial, alzas bruscas de precios a principios de la
década del ’80, una aceleración en 1988 y picos máximos en 1989 (cuando se
alcanza una cifra astronómica de más del 3000 %) y en 1990. Fenómenos
acompañados con fuertes caídas del PBI.
Es más bien en el período anterior, 1945-1975, marcado por un proceso de
industrialización que tuvo tasas de inflación promedio del 20% (y picos del 50 a más
del 100%), donde encontramos cifras que se parecen a las actuales, pero con un
desarrollo productivo y una distribución de ingresos mucho mejor que lo que vino
después.
El primer ejemplo son los tres años que van de 1946 a 1948, con tasas de
crecimiento del 8,9%, el 11,1% y el 5,5% y de inflación del 17,6%, 13,6% y 13,1%. Y
un período más relevante, por su duración, entre 1964 y 1974, con 11 años
ininterrumpidos de tasas de crecimiento positivas aunque no tan altas como en el
actualidad. Los picos máximos fueron en 1964 y 1965 con 10,3% y 9,1%, si bien se
observan índices de inflación más elevados: el 22,2% y el 28,6% respectivamente.
Hubo también años de muy baja inflación (un solo dígito) como 1953, 1954 y 1969.
Además, en esa época la desocupación no pasaba la barrera del 6% en promedio.
No es posible hacer una comparación con las tasas de crecimiento positivas y
los procesos deflacionarios de parte de los años ‘90 porque tuvieron por correlato,
durante su transcurso y sobre todo en sus momentos finales, un retroceso significativo
en todos los indicadores económicos y en las condiciones de vida de la población.
En cambio, desde el 2003 los índices de crecimiento no bajan del 8 al 9% anual
y los de inflación oscilaron entre un 10% y un 12% anual en 2006 y 2007, con una tasa
de desempleo en descenso y una reducción de la pobreza. Por otro lado, aunque este
año se estime extraoficialmente un índice real de inflación mayor al 15%, el
crecimiento sigue sosteniéndose al mismo ritmo del año anterior.
Estos ejemplos contradicen a ciertos economistas ortodoxos que han puesto a
la estabilidad de precios como una meta crucial entre los objetivos de toda política
económica descuidando otros aspectos. La primera cuestión consiste en insertar la
lucha contra la inflación en el lugar que le corresponde dentro de esos objetivos. Las
prioridades son distintas si la economía combina precios relativamente altos con un
aparato productivo funcionando a pleno. O si los precios no crecen o descienden pero
las industrias quiebran, la tasa de desempleo supera el 20% y casi la mitad de la
población se encuentra bajo la línea de pobreza. O cualquier combinación intermedia.
La segunda cuestión, en cambio, tiene que ver con la búsqueda de recetas
adecuadas. La historia nos enseña que los programas de estabilización han
terminado, generalmente, en grandes recesiones, y el último ejemplo palpable fue la
convertibilidad y el “uno a uno”, basados en un endeudamiento externo explosivo que
provocó la crisis más profunda de la historia argentina y la caída en el default.
Los ciclos de crecimiento productivo (no simples productos del endeudamiento)
vienen acompañados casi siempre de procesos inflacionarios, aunque la inflación tiene
que ser entendida en el marco de la problemática argentina particularmente sensible al
tema: sus consecuencias negativas han castigado principalmente a los sectores
populares y medios, con una disminución del consumo y de los salarios reales,
procesos agravados en las hiperinflaciones de los años ’80 y principios de los ’90.
Pero estos mismos sectores sufrieron aun más con políticas deflacionarias, que
afectaron gravemente el empleo y el aparato productivo.
La presencia de una tasa de inflación por el momento moderada, es un dato
que hay que tener en cuenta pero que no puede empañar lo que constituye el objetivo
principal de un país en desarrollo: un crecimiento sostenido sobre la base de
reconstituir el mercado interno, mejorar la inserción argentina en el mundo, volver a la
plena ocupación y hacer más equitativa la distribución de los ingresos



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MensajeTema: Re: Historias de inflación en Argentina y sus causas   Vie Mayo 06, 2016 10:13 am

SOBRE ESTADÍSTICAS PROPIAS Y AJENAS. LA EXPERIENCIA
FRANCESA



El mundo desarrollado se rige por principios diferentes a los que creemos en la
Argentina, aunque en muchos casos padece los mismos problemas. La cuestión viene
a cuento de varios artículos u opiniones que se publicaron casi simultáneamente con
el estallido de la crisis en Francia. En uno de ellos, del prestigioso diario Le Monde,
referido a nuestro país, publicado en agosto de 2008, se decía que la manipulación de
las cifras de inflación suscitaba la desconfianza de los inversores extranjeros y que
ciertos analistas evocaban un posible default en las deudas pendientes, a pesar del
crecimiento “a la China” que se había registrado en los últimos años.
La paja se ve mejor en el ojo ajeno. Francia, por mencionar ese país y no otros
de igual o mayor nivel de desarrollo en Europa o en el mundo, padece una recesión
provocada por el efecto negativo simultáneo de la crisis de las subprime y el aumento
de los precios de los alimentos y del petróleo. A lo que se agrega un proceso
inflacionario que hace recordar las épocas de estanflación de los años setenta.
En el segundo trimestre de 2008 la actividad económica del país galo comenzó
a estancarse o retroceder. Y no sólo se detuvo el crecimiento: también subió la tasa de
desempleo por primera vez desde el 2003. La Banca Europea, siempre dura en sus
posiciones en defensa del euro (que comenzó a disminuir su cotización con respecto
al dólar) se dio cuenta muy tarde que una recesión puede ser peor que la inflación.
Sin embargo, este escenario negativo no se termina aquí. Varios analistas
están aún más preocupados porque no confían en las propias estadísticas que brinda
un organismo tan respetable como el Institut National de la Statistique et des Études
Économiques (INSEE), colega galo de nuestro cuestionado INDEC. Si resulta verdad
que esas estadísticas no se corresponden con la realidad en términos no sólo de
precios, sino de empleo o de crecimiento, estamos frente a un mal que pareciera tener
aires criollos. Se plantea incluso la cuestión de que el problema no es reciente sino
que tiene ya varios años de existencia (es decir de índices equivocados o truchos),
sobreestimando el poder de compra de los franceses. Al igual que aquí, allí se dice
que la experiencia que viven los consumidores frente a los estantes de los
supermercados es más fiable que las encuestas mensuales del INSEE. Una cuestión
que preocupa son los distintos niveles de consumidores, lo que lleva a proponer la
confección de índices “personalizados” o, dicho más apropiadamente, por grupos de
ingresos.
Algunas consultoras privadas, que también existen, confeccionan en forma
separada, índices propios que ponen en tela de juicio los indicadores oficiales. Algo
que para nosotros se parece a un déjà vu, para recordar una expresión propiamente
francesa.
El caso de las estadísticas de empleo resulta aún más grave, cuando se
advirtió que los resultados de la encuesta del 2006 no validaban los discursos
gubernamentales con respecto a una baja de la desocupación. Hubo que volver a
rehacer todos los cálculos y diferir nueve meses los resultados de la encuesta
procediendo a modificaciones metodológicas, en especial sobre la definición de
desempleo. Los nuevos cálculos aún reflejaban una mejora en los niveles de
ocupación para aquel año, pero la duda sobre los procedimientos empleados quedó
pendiente. Lo mismo ocurrió con las previsiones de crecimiento para 2008, que se
estima será el 1,6% en lugar del 2 al 2,5% que había calculado el gobierno en la ley de
finanzas de 2008 en función de datos del mismo organismo.
Para peor, ese crecimiento correspondería a un efecto de arrastre del 2007 e
involucraría sólo el primer trimestre, estimándose un aumento casi nulo del PIB para
los tres últimos trimestres. Inflación en alza, devaluación de la moneda, débil
crecimiento y, todavía, estadísticas dudosas. Y aún así se desconfía de la Argentina
señalando la existencia de un escenario parecido: desaceleración del crecimiento,
aumento del riesgo país, proceso inflacionario e indicadores no fiables. La diferencia
entre uno y otro país parece ser que uno es normalmente deudor y el otro acreedor y
que este último puede cometer los errores del primero teniendo el derecho a crítica.
Volviendo al tema estrictamente estadístico, nadie puede discutir la necesidad
de que una información veraz no es sólo útil para analizar el estado de salud de una
economía sino también para poder aplicar políticas económicas más adecuadas con el
propósito de salir de una crisis o, en una situación favorable, mejorar los índices de
crecimiento, los niveles de empleo o el poder de compra de la población.
Pero, en realidad, como señala el gran matemático Oskar Morgenstern, “las
estadísticas económicas y sociales se basan con frecuencia en (….) mentiras
deliberadas de varios tipos”. Aun los Estados Unidos no están exentos de esta
dolencia. Según el mismo autor el presupuesto de algunas agencias gubernamentales,
como la CIA, alcanza grandes magnitudes pero está oculto en una multitud de otras
cuentas del presupuesto federal, impidiendo conocer así su valor e invalidando la
veracidad de esos números. Los índices de precios y rubros básicos han sido también
muchas veces cuestionados, como en estos días lo está siendo el cálculo de la tasa
de crecimiento del PIB.
Un ejemplo histórico, recuerda Morgenstern, es el del venerable Banco de
Inglaterra, que publicó durante años estadísticas deliberadamente erróneas respecto a
sus reservas de oro, poniendo parte de ellas bajo el rubro “otros activos”. Esto lo hace
concluir: “Si gobiernos respetables falsifican la información con propósitos políticos, si
el Banco de Inglaterra miente y oculta o falsifica los datos, entonces ¿cómo puede
esperarse que operadores menores en el mundo de las finanzas sean siempre
sinceros?”
Y aquí podemos ver la “ligereza” con que se mueven las famosas calificadoras
del “riesgo país. Sus verdaderos dictámenes sobre la salud económica de títulos y
acciones gubernamentales han fracasado numerosas veces en el pasado como para
ser creíbles. Así exaltaron los títulos o valores de Corea del Sur o México antes de sus
dos formidables crisis en 1997 y 1995. ¿Por qué no mentir si los gobiernos mienten,
sobre todo cuando estas opiniones están ligadas a especulaciones financieras ocultas
detrás del escenario?
La Argentina no es entonces una excepción en el mundo, pero se debe
conocer lo que ocurre más allá de sus fronteras. Si esto no disculpa ninguna política
gubernamental, nos pone los pies sobre la tierra. El país está en un proceso de
recuperación económica que lleva ya cinco años y es necesario tener estadísticas
fiables a fin de poder mantener este proceso, controlar variables y mejorar la
distribución de los ingresos. Pero se necesita sincerar las cuestiones que están en
juego cuando se juzga el desempeño del país afuera y adentro, sin por eso pretender
ver la paja en el ojo ajeno.


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